En Sierra Mágina, un grupo de mujeres se reúne para tejer juntas bajo el nombre de Enganchadas de un hilo. Lo hacen con agujas y lana, pero también con memoria. Ese gesto sencillo —sentarse, compartir, tejer— conecta directamente con una historia mucho más antigua: la de las mujeres rurales de Jaén que, durante generaciones, no solo sostuvieron la vida y el territorio, sino que lo siguen sosteniendo hoy, desde otros gestos, otros espacios y otros tiempos, enganchadas a un hilo invisible pero resistente.
Ese hilo fue el de la supervivencia cotidiana, el del cuidado constante, el de la responsabilidad silenciosa. Mujeres que vivieron con poco margen de error, porque de ellas dependía que la casa funcionara, que la comida llegara a la mesa y que el día siguiente pudiera empezar. Desde ahí, desde esa fragilidad sostenida, construyeron el territorio.
El hilo que une a las mujeres rurales de Jaén
El lavadero: el espacio público de las mujeres
Antes de que existieran centros sociales o espacios comunitarios formales, el lavadero público fue uno de los grandes espacios de socialización femenina en los pueblos de Jaén. Allí se lavaba la ropa, pero también se compartían noticias, preocupaciones, saberes y silencios.
El lavadero era trabajo duro, físico y repetitivo, pero también un lugar de encuentro. Mientras las manos frotaban, se tejía comunidad. Se hablaba de la cosecha, de la enfermedad, de la escasez, de los hijos que se iban. Fue uno de los pocos espacios públicos habitados mayoritariamente por mujeres, aunque nunca reconocido como tal.
Visibilizar este trabajo ha sido uno de los objetivos de mi ruta de las mujeres de Jaén en coche eléctrico
Mujeres rurales y vida cotidiana en los pueblos de Jaén

La vida diaria en los pueblos jiennenses descansaba, en gran medida, sobre las mujeres. Ellas organizaban los tiempos, estiraban los recursos y sostenían la economía doméstica. Cocinaban, cuidaban, criaban, limpiaban, cosían y, cuando hacía falta, también trabajaban en el campo.
Ese conocimiento no se aprendía en libros: se heredaba viviendo. Saber cuándo sembrar una pequeña huerta, cómo conservar alimentos, cómo reutilizar cada objeto o cómo reparar lo que se rompía formaba parte de una sabiduría práctica imprescindible para la supervivencia.
El olivar, contado desde las mujeres
El olivar es el gran símbolo de Jaén, pero rara vez se cuenta desde la experiencia femenina. Para muchas mujeres rurales, el olivo no era solo paisaje: era jornada, cansancio, espera y organización. Durante la campaña de la aceituna, sostenían la logística invisible que hacía posible el trabajo en el campo.
Casas llenas, comidas preparadas para las cuadrillas, cuidados constantes y, en muchos casos, participación directa en la recolección, especialmente en la recogida del suelo y en las tareas de acarreo. Sin su trabajo, el sistema del olivar no habría funcionado.
El papel de las mujeres en la campaña del aceite

El papel de las mujeres en la campaña del aceite merece un capítulo propio. Tradicionalmente, las cuadrillas femeninas se encargaban de recoger las aceitunas caídas, transportarlas y organizar la vida cotidiana durante la campaña. Además, sostenían saberes prácticos vinculados al mundo del olivar: el trabajo del esparto y la pleita para fabricar capazos, serones o capachos; la costura y el remiendo constante; y la gestión doméstica que permitía que todo funcionara durante semanas intensas.
En el ámbito doméstico, muchas mujeres aprendían a hacer pleita desde niñas. Se elaboraba en casa, en corrillos, en los patios o sentadas a la puerta, mientras se hablaba y se compartía la vida. Era un trabajo paciente, repetitivo y colectivo, muy parecido a tejer, que iba mucho más allá de la utilidad del objeto final.
Hoy, ese trabajo empieza a visibilizarse más, con iniciativas que reconocen el papel de la mujer en la cultura del aceite y en la transmisión de un conocimiento ligado al territorio, al tiempo y a la experiencia.
Artesanía femenina y saberes útiles: hacer para vivir
Además de cuidar y alimentar, las mujeres rurales de Jaén fabricaron y mantuvieron muchos de los utensilios necesarios para la vida cotidiana. No siempre se las llamó artesanas, pero lo eran.
Entre estos saberes el trabajo del esparto y la pleita, fundamental para el mundo agrícola y doméstico, la cestería doméstica, ligada a la recolección, el transporte y el almacenamiento, la costura y el textil, donde nada se tiraba y todo se reutilizaba o la alfarería doméstica, en colaboración con talleres familiares, vinculada al uso cotidiano de cántaros, orzas y recipientes de cocina.
Eran objetos pensados para durar, para resolver necesidades reales. Una artesanía humilde, profundamente sostenible, hecha para vivir.
Cuidar, alimentar y resistir: el trabajo invisible
Todo este trabajo —lavar, coser, fabricar, cocinar, cuidar, organizar la campaña del aceite— fue históricamente invisible. No generaba salario ni reconocimiento, pero sin él la vida rural habría sido inviable.
Este legado conecta directamente con la gastronomía de Jaén con nombre de mujer, donde la cocina aparece como uno de los espacios clave desde los que las mujeres sostuvieron el territorio, y con la Ruta de las mujeres de Jaén: un viaje por la historia, la memoria y las voces silenciadas, que pone nombre y contexto a muchas de estas realidades.
Tejer hoy para no soltar el hilo

Proyectos actuales como Enganchadas de un hilo, donde mujeres de Sierra Mágina se reúnen para tejer juntas, no son una anécdota ni una moda. Son la continuidad de una forma de estar en el mundo. Tejer hoy es también cuidar, encontrarse, compartir y sostener comunidad.
Ese hilo que pasa de mano en mano conecta pasado y presente. Une lavaderos, cocinas, olivares y plazas. Y nos recuerda que el territorio de Jaén sigue sosteniéndose, en gran medida, desde lo colectivo y lo femenino.
Mirar Jaén desde quienes lo sostuvieron
Las mujeres rurales de Jaén no fueron una nota al pie de la historia. Fueron su estructura. Desde los lavaderos, los olivares, las cocinas y los espacios compartidos, construyeron una forma de vida basada en el cuidado, la resistencia y la comunidad.
Hoy, mirarlas es una forma de viajar con más conciencia. Y de entender que el paisaje también se sostiene desde lo invisible.
Reconocer a las mujeres rurales es reconocer el verdadero patrimonio de los pueblos. Viajar por Jaén desde esta mirada es una forma de turismo que cuida la memoria y el territorio.