Hay viajes que se preparan durante semanas y otros que nacen de una idea que, casi sin darte cuenta, empieza a acompañarte cada día.

Esta ruta pertenece a los segundos.

Todo comenzó pensando en los faros. Siempre me han llamado la atención. Quizá porque representan mucho más que una torre frente al mar. Durante siglos fueron la última referencia para quienes navegaban por la costa norte, una luz capaz de abrirse paso entre la niebla, las tormentas y las noches más oscuras para anunciar que, al fin, había tierra firme.

Mientras preparaba este viaje me di cuenta de que llevaba años fotografiando faros sin haberme parado a pensar en las historias que escondían. ¿Quiénes vivieron en ellos? ¿Cómo era la vida de los fareros? ¿Qué papel desempeñaron antes de que existieran los GPS y la navegación moderna? Y, sobre todo, ¿qué tienen estos lugares para seguir fascinándonos casi dos siglos después?

Fue entonces cuando decidí que esta no sería una ruta cualquiera.

No quería limitarme a enlazar unos faros con otros. Quería descubrir los lugares que vigilan, los pueblos que crecieron a su alrededor, las leyendas que todavía sobreviven junto al mar y esa forma tan especial que tiene la costa cantábrica de transformarse con la luz a cada hora del día.

Para recorrerla elegí un Peugeot E-3008 100 % eléctrico. Más que plantearme un reto de autonomía, quería viajar con calma, dejando que el propio recorrido marcara el ritmo. Durante los cinco días utilicé exclusivamente la red de recarga de Zunder, integrando cada parada con total naturalidad mientras paseaba por un pueblo marinero, hacía una visita, tomaba un café o simplemente me detenía unos minutos para contemplar el horizonte.

Y funcionó.

Porque muy pronto dejé de pensar en la batería para centrarme en lo verdaderamente importante: el viaje.

Durante cinco días recorrí Cantabria, Asturias y un pequeño rincón de Galicia siguiendo una cadena de luces que lleva generaciones iluminando esta costa. Descubrí acantilados que parecen no tener fin, playas esculpidas por el mar durante millones de años, pueblos donde el tiempo parece haberse detenido, marismas llenas de vida y faros que continúan vigilando el horizonte igual que lo hicieron hace casi doscientos años.

Pero, sobre todo, descubrí algo que no esperaba.

Que esta ruta no iba únicamente de faros.

Iba de la gente que vive mirando al mar. De las historias que esconden los puertos. De esos lugares que aparecen casi por casualidad y terminan convirtiéndose en el mejor recuerdo del viaje.

Si a ti también te gusta descubrir el mar despacio, perderte por carreteras que serpentean entre acantilados, pasear por pueblos marineros con siglos de historia o detenerte frente a un faro para imaginar las historias que ha contemplado a lo largo del tiempo, acompáñame en esta ruta.

Porque durante cinco días seguí una cadena de luces que me llevó a descubrir algunos de los rincones más sorprendentes de la costa cantábrica. Y cuando terminé comprendí que aquellos faros nunca habían sido el verdadero destino. Solo eran la mejor excusa para descubrir un litoral al que siempre apetece regresar.

🎥 Recorre esta ruta en vídeo

Antes de empezar este viaje, te invito a acompañarme en este breve recorrido por algunos de los paisajes, faros y pueblos marineros que descubrirás durante estos cinco días entre Cantabria, Asturias y Galicia.

 

Santander y el Faro de Cabo Mayor: comienzo de una ruta por los faros del Cantábrico

Catedral de Santander_Cantabria

Hay lugares que parecen hechos para comenzar un viaje, y Santander es uno de ellos.

Quizá sea porque el agua está presente en cada rincón de la ciudad o porque basta con acercarse a la bahía para comprender que aquí todo ha girado siempre alrededor de ella. Antes de buscar el primer faro de la ruta decidí hacer algo que siempre intento cuando llego a un destino nuevo: caminar sin prisa.

Casco histórico y Mercado del Este

Mercado del Este en Santander

Comencé recorriendo el casco histórico de Santander, dejándome llevar por sus calles hasta llegar al Mercado del Este. Inaugurado en 1842, es uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad y, después de su rehabilitación, se ha convertido en un lugar perfecto para hacer una pausa y disfrutar de la gastronomía local.

Yo aproveché para tomar unas tapas mientras observaba el ir y venir de santanderinos y viajeros. Siempre he pensado que la mejor forma de empezar a conocer un lugar es sentarse un rato y dejar que sea la propia ciudad la que marque el ritmo.

Centro Botín

Centro Botín en Santander

A pocos minutos de allí se encuentra el Centro Botín. Aunque su arquitectura llama la atención desde lejos, lo que más me gusta es cómo ha conseguido abrir Santander a la bahía. Diseñado por Renzo Piano, parece flotar sobre el agua y se ha convertido en uno de los grandes referentes culturales de la ciudad.

Incluso aunque no tengas pensado visitar sus exposiciones, merece la pena acercarse hasta sus pasarelas para disfrutar de unas magníficas vistas.

Costa Quebrada

Costa quebrada_ geoparque de la UNESCO

Con el primer faro aún por descubrir, continué hacia Costa Quebrada, uno de esos lugares capaces de dejarte sin palabras desde el primer momento.

Declarado Geoparque Mundial de la UNESCO, este tramo del litoral es un auténtico libro abierto sobre la historia geológica de la Tierra. Durante millones de años, el viento y el océano han ido modelando acantilados, islotes y plataformas rocosas hasta crear uno de los paisajes más sorprendentes del norte de España.

Recorrí algunos de sus senderos deteniéndome una y otra vez. Hay rincones donde no hace falta decir nada. Basta con escuchar el sonido de las olas rompiendo contra la roca para comprender que la naturaleza lleva millones de años trabajando aquí con una paciencia infinita.

La tarde terminó en uno de los lugares que más ilusión me hacía visitar.

Faro de Cabo Mayor

Peugeot 100 % eléctrico frente al Faro de Cabo Mayor en Santander

El Faro de Cabo Mayor comenzó a funcionar en 1839 para facilitar la entrada de los barcos a la bahía de Santander y, casi dos siglos después, continúa siendo una referencia para quienes navegan por esta costa.

Pero más allá de su historia, lo que realmente impresiona es el lugar donde se levanta. Asomado sobre un acantilado de más de cincuenta metros de altura, ofrece una de las panorámicas más espectaculares del litoral cántabro.

Hay lugares donde resulta imposible mirar el horizonte solo unos segundos.

Cabo Mayor es uno de ellos.

Me senté un buen rato frente al acantilado sin hacer fotografías. Simplemente observando cómo cambiaba la luz sobre el agua y cómo las olas golpeaban una y otra vez la roca.

Fue entonces cuando entendí que este viaje no consistía únicamente en visitar faros, sino en detenerme el tiempo suficiente para comprender por qué fueron construidos precisamente en esos lugares. Todos comparten algo en común: dominan el horizonte desde enclaves privilegiados donde el mar, el viento y la luz llevan siglos escribiendo la misma historia.

Antes de marcharme entré en el Centro de Arte Faro Cabo Mayor, un espacio que reúne una interesante colección de obras inspiradas en la navegación y el universo de los faros. Es una visita muy recomendable que complementa perfectamente la experiencia y ayuda a entender la estrecha relación que Santander ha mantenido siempre con el mar.

 

Puntos de recargaAntes de regresar al alojamiento hice una parada en la estación de recarga de Zunder situada en el supermercado BM S20. Mientras el Peugeot E-3008 recuperaba autonomía aproveché para descansar unos minutos y revisar las fotografías de la jornada.
Con la tarjeta de memoria llena de imágenes, el coche preparado para la siguiente etapa y la sensación de que la primera luz de esta ruta había sido el comienzo de algo mucho más grande, me despedí de Santander con la ilusión intacta y muchas ganas de descubrir qué historias me esperaban en el siguiente faro.
icono barco

Si quieres disfrutar de una visita turística distinta mientras conoces su historia y sus leyendas con este paseo en barco por la bahía de Santander podrás contemplar las playas más bonitas de la zona y ver los monumentos más emblemáticos de la capital cántabra.

 

Faro de Ajo, Faro del Caballo y Castro Urdiales: una ruta por la costa oriental de Cantabria

Faro de ajo

Hay faros que guían a los barcos. Otros también consiguen sorprender a quienes llegan por carretera.

Después de despedirme de Santander, la carretera comenzó a acercarme a una costa cada vez más agreste. El Cantábrico aparecía y desaparecía entre curvas, acantilados y pequeños pueblos marineros, recordándome que, en esta ruta, el camino iba a ser casi tan importante como el destino.

La primera parada del día fue el Faro de Ajo.

Faro de Ajo

Mar Villalba en el Faro de Ajo

Aunque no era la primera vez que lo visitaba, tenía muchas ganas de volver. Es uno de esos lugares a los que siempre apetece regresar porque cambia constantemente con la luz, el estado del mar o incluso el viento. Nunca lo encuentras exactamente igual.

Inaugurado en 1930, el faro ocupa uno de los puntos más espectaculares del litoral cántabro. Desde sus acantilados la vista se pierde en un horizonte inmenso donde el mar parece no tener fin. Es un lugar perfecto para detenerse, caminar por los senderos que rodean el cabo y disfrutar del vuelo de las gaviotas mientras las olas golpean las rocas muchos metros más abajo.

Hoy es imposible hablar del Faro de Ajo sin mencionar la intervención artística realizada por el artista cántabro Okuda San Miguel. En 2020 cubrió la torre con un gran mural geométrico inspirado en la fauna del Cantábrico, convirtiéndolo en uno de los faros más fotografiados de España.

Cuando lo conocí por primera vez el mural ya formaba parte del entorno, así que siempre he asociado este faro a esa explosión de color frente al azul intenso del mar. Después de recorrer tranquilamente todo el cabo sigo pensando lo mismo: el verdadero protagonista continúa siendo el lugar. El mural aporta personalidad al faro, pero son los acantilados, el viento y el horizonte los que consiguen que la visita sea realmente inolvidable.

Desde Ajo puse rumbo a Santoña para vivir una de las experiencias que más ilusión me hacía de toda la ruta: contemplar el Faro del Caballo desde el mar.

El Faro del Caballo desde el mar

Faro del Caballo desde el mar_ Santoña

Durante años fue posible llegar hasta él descendiendo una impresionante escalera de casi setecientos peldaños excavados en la roca. Sin embargo, el aumento de visitantes y los problemas de seguridad hicieron que el acceso por tierra quedara restringido, por lo que actualmente la mejor forma de descubrirlo es embarcándose en una excursión que recorre los acantilados del Monte Buciero.

Y, sinceramente, creo que no podría haber una forma mejor de conocerlo.

A medida que la embarcación se acercaba, el faro aparecía casi escondido entre las paredes verticales del acantilado, perfectamente integrado en un entorno que impresiona por su belleza y también por su aislamiento.

Mientras lo observaba no podía evitar pensar en quienes vivieron allí durante décadas.

La vida de los antiguos fareros estaba muy lejos de ser romántica. Mantener la luz encendida exigía subir combustible, alimentos, agua y todo el material necesario para el funcionamiento del faro por un lugar donde cualquier tarea suponía un enorme esfuerzo físico. Los temporales podían aislarlos durante días y, aun así, la luz debía seguir funcionando cada noche para guiar a los barcos que navegaban frente a la costa cántabra.

Quizá por eso este faro transmite algo diferente.

No solo impresiona por el lugar donde fue construido, sino por la historia de las personas que hicieron posible que nunca dejara de cumplir su misión.

icono barco

Para ver este faro y su entorno solo puedes hacerlo desde el mar, puedes reservar este paseo en barco hasta el Faro del Caballo, y te aseguro que la travesía vale la pena.

 

La tarde continuó en Castro Urdiales, una localidad que es mucho más que un bonito puerto pesquero.

Castro Urdiales y el Castillo de Santa Ana

Castro Urdiales, el Castillo de Santa Ana y su faro

Pocos visitantes saben que aquí se levantó Flaviobriga, la única colonia romana conocida de toda la costa cantábrica, fundada en el siglo I d. C. por orden del emperador Vespasiano. Su ubicación estratégica convirtió este lugar en un importante puerto comercial del norte de Hispania y todavía hoy es posible descubrir restos de aquella ciudad romana.

Me gusta encontrar este tipo de historias durante un viaje. Llegas buscando un faro y acabas descubriendo que estás caminando sobre más de dos mil años de historia.

Siglos después, Castro Urdiales sigue mirando al mar.

Paseé por su puerto sin prisa, disfrutando del ambiente marinero y de las terrazas junto al agua, antes de subir hasta el conjunto monumental formado por la iglesia de Santa María de la Asunción y el Castillo de Santa Ana. Sobre esta fortaleza medieval se alza uno de los faros más singulares del Cantábrico, demostrando una vez más cómo la historia marítima y la historia de sus pueblos han caminado siempre de la mano.

Puerto de Castro Urdiales_ Cantábria

Puntos de recarga

Al terminar la jornada me dirigí hasta Liencres, donde me alojé en los Playas de Liencres – Hotel & Apartamentos. Antes de descansar cargué el Peugeot E-3008 en la estación de Zunder situada en el propio alojamiento, una comodidad que me permitió olvidarme del coche hasta la mañana siguiente y centrarme únicamente en disfrutar de la ruta.

Cargando en el cargador Zunder de los Apartamentos La playa en Liencres

 

Mientras caía la tarde pensé en todo lo vivido durante el día. El color del Faro de Ajo, la imponente silueta del Faro del Caballo asomando entre los acantilados y el encanto marinero de Castro Urdiales habían conseguido que la ruta superara, una vez más, todas mis expectativas.

Aquella noche, mientras preparaba la ruta del día siguiente, pensé que Asturias ya estaba muy cerca. Sin saberlo, la siguiente etapa iba a regalarme algunos de los rincones que terminarían convirtiéndose en mis favoritos de todo el viaje.

Costa Quebrada, Oyambre y Tazones: de Cantabria a Asturias siguiendo la costa

Un alto en el camino del roadtrip en el Faro de Suance_ Cantábria

«Hay días en los que el destino importa menos que todo lo que ocurre entre un lugar y otro.»

La tercera jornada comenzó muy cerca de uno de los lugares que más me habían impresionado el día anterior. Quise volver a acercarme a Costa Quebrada, esta vez desde el entorno del Faro de Suances, porque sabía que la luz de la mañana iba a regalarme una perspectiva completamente diferente.

Y no me equivoqué.

Si hay algo que he aprendido recorriendo la costa cantábrica es que un mismo lugar nunca se ve igual dos veces. La niebla, el viento, las mareas o la posición del sol transforman por completo cada rincón. Esa mañana el mar parecía mucho más tranquilo y la luz resaltaba los tonos ocres de los acantilados, creando una imagen completamente distinta a la que había contemplado apenas unas horas antes.

Desde el faro resulta fácil comprender por qué este tramo de costa está considerado uno de los conjuntos geológicos más espectaculares de Europa. Millones de años de erosión han dado forma a un litoral donde cada roca, cada estrato y cada acantilado cuentan una historia escrita mucho antes de que existiera cualquier faro.

Muy cerca me esperaba uno de esos lugares capaces de sorprender incluso a quienes creen haberlo visto todo.

La Ermita de Santa Justa, en Ubiarco

Ermita de Santa Justa en Ubiarco_Cantábria

Construida junto a una pequeña cueva y prácticamente abrazada por el mar, parece formar parte del propio acantilado. Su origen se remonta a la Edad Media y la tradición cuenta que las reliquias de las santas Justa y Rufina fueron escondidas en esta cueva para protegerlas durante la invasión musulmana. Sea cierta o no la leyenda, lo cierto es que el lugar posee una atmósfera muy especial.

El sonido del mar entrando entre las rocas, la pequeña playa que aparece y desaparece con las mareas y la sencillez de la ermita crean uno de esos escenarios que invitan a detenerse mucho más tiempo del previsto.

Parque Natural de Oyambre

Parque Natural de Oyambre_ Cantábria

Continué la ruta atravesando el Parque Natural de Oyambre, uno de los espacios naturales mejor conservados de Cantabria.

Playas salvajes, marismas, dunas y extensas praderas conforman un entorno de enorme valor ecológico donde conviven numerosas especies de aves. Cada año, cientos de aves migratorias utilizan este humedal como lugar de descanso durante sus largos desplazamientos entre el norte de Europa y África, convirtiendo Oyambre en un destino muy apreciado por los aficionados a la observación de aves.

Aunque no seas un experto en ornitología, basta con recorrer sus carreteras o detenerte en alguno de sus miradores para comprender que aquí la naturaleza sigue marcando el ritmo.

Puntos de recarga

Antes de abandonar Cantabria hice una parada en Unquera para recargar el Peugeot E-3008 en la estación de Zunder situada junto al Hostal Río Deva II.

 Aproveché esos minutos para sentarme tranquilamente en la terraza y tomar una tónica mientras observaba el ir y venir de viajeros que, como yo, hacían un alto en el camino antes de continuar su ruta.

Pocas veces una pausa resulta tan agradable cuando sabes que lo mejor del día todavía está por llegar.

Con el coche listo para continuar crucé el límite entre Cantabria y Asturias casi sin darme cuenta.

Tazones, un antiguo puerto ballenero

Barquitas en el puerto de Tazones_Asturias

Uno de los grandes descubrimientos de esta ruta fue Tazones.

A simple vista parece un pequeño pueblo marinero más del litoral asturiano, pero basta con pasear unos minutos por sus calles para descubrir que aquí el mar ha marcado la vida de sus habitantes durante siglos.

Antes de que el turismo llegara a estas costas, Tazones fue uno de los principales puertos balleneros del Cantábrico. Durante la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, la caza de la ballena constituyó una de las actividades económicas más importantes de muchas localidades costeras del norte de España. Cada captura suponía una fuente de alimento, aceite para iluminación y materias primas que contribuyeron al desarrollo de estas pequeñas comunidades marineras.

Pero Tazones guarda además otra historia fascinante.

Fue aquí donde desembarcó el joven Carlos I en septiembre de 1517 cuando llegó por primera vez a la Península para tomar posesión de los reinos que acabaría gobernando. Pensar que uno de los personajes más influyentes de la historia de España pisó por primera vez nuestro país en un puerto tan pequeño hace que el paseo por sus calles cobre un significado muy diferente.

Me encantó perderme entre sus casas de colores, recorrer el puerto y observar cómo la vida sigue girando alrededor del mar, igual que hace siglos. Es uno de esos pueblos que invitan a caminar despacio, sentarse frente al puerto y dejar pasar el tiempo sin mirar el reloj.

Cudillero al atardecer

La jornada terminó en Cudillero.

Había visto infinidad de fotografías de este pueblo, pero ninguna consigue transmitir la sensación que produce contemplarlo desde sus miradores. Las casas parecen trepar por la ladera formando un anfiteatro natural que abraza el puerto y convierte cada rincón en una postal.

Subí hasta el faro cuando el sol comenzaba a descender lentamente sobre el Cantábrico.

Una vez más, la luz volvió a transformar el lugar.

Las fachadas de colores adquirían un tono cálido, las barcas se balanceaban suavemente en el puerto y el mar parecía despedirse del día con la misma calma con la que yo terminaba esta etapa.

Mientras contemplaba aquella escena pensé que, quizá, esa era la verdadera esencia de esta ruta. No se trataba únicamente de descubrir faros o pueblos marineros, sino de aprender a mirar cada lugar con la calma suficiente para descubrir cómo la luz lo transforma a cada momento.

Y pocas costas cambian tanto con la luz como la costa cantábrica.

Tras disfrutar del atardecer en Cudillero continué unos kilómetros más hasta Tapia de Casariego, donde pasaría la noche. El sonido del mar volvió a acompañarme mientras pensaba en la jornada siguiente, que me llevaría hasta Galicia para conocer uno de los lugares más sorprendentes de toda la ruta.

Playa de las Catedrales, Faro de Ortiguera y Luarca: la costa más salvaje del Cantábrico

«Hay lugares que la naturaleza ha tardado millones de años en construir y solo unas pocas horas al día nos permite descubrir.»

Playa de las Catedrales

Playa de las Catedrales en Ribadeo Galicia

Después de pasar la noche en Tapia de Casariego, retomé la ruta siguiendo la costa occidental asturiana rumbo a uno de esos lugares que no necesitan presentación: la Playa de las Catedrales.

Había estado allí en otras ocasiones, pero volver siempre merece la pena. Es uno de esos lugares que nunca se muestran igual dos veces. Todo depende de la marea, de la luz y, por supuesto, del estado del mar.

Su verdadero nombre es playa de Augas Santas, aunque pocos la conocen así. El nombre de Playa de las Catedrales nació por los enormes arcos de roca, algunos de más de treinta metros de altura, que recuerdan a los arbotantes de una catedral gótica.

Lo más sorprendente es pensar que el auténtico arquitecto de este lugar ha sido el mar.

Durante millones de años, el viento, las mareas y la fuerza del Cantábrico han ido modelando la roca hasta crear uno de los monumentos naturales más espectaculares de Europa.

Playa de las Catedrales en Ribadeo_Galicia

Tuve la suerte de visitarla con la marea baja, el único momento en el que es posible caminar entre sus arcos, cuevas y pasadizos. Recorrer la playa desde abajo cambia por completo la perspectiva y permite apreciar la enorme dimensión de estas formaciones.

Después del paseo no pude resistirme a darme un baño.

El agua estaba fría, como suele ocurrir en el norte incluso en verano, pero pocas veces un baño sabe tan bien como después de una mañana recorriendo la costa.

Si estás pensando en visitar este lugar, mi consejo es consultar previamente los horarios de las mareas. Además, durante la temporada alta es necesario reservar el acceso para contribuir a la conservación de este espacio natural.

Tapia de Casariego, una pausa frente al mar

Tapa de pulpo en el puerto de Tazones

Después regresé a Tapia de Casariego para almorzar tranquilamente frente al mar.

Me gusta hacer este tipo de pausas durante las rutas. No solo sirven para descansar; también son una oportunidad para observar el ritmo de cada pueblo, ver cómo transcurre la vida cotidiana y disfrutar de la gastronomía local sin prisas.

Puntos de recarga

Antes de emprender el viaje de regreso aproveché para realizar una recarga completa en la estación de Zunder de Tapia de Casariego.

Mientras volvía a incorporarme a la carretera pensé que, unas horas antes, había salido de Cantabria, me había bañado en Galicia y ahora regresaba recorriendo de nuevo toda la costa. Todo ello con una única recarga integrada en el propio viaje. Sin desvíos, sin prisas y, sobre todo, sin dejar que la autonomía marcara el ritmo del recorrido.

Faro de Ortiguera

Faro de Ortiguera_Coaña_Asturias

La siguiente parada fue el Faro de Ortiguera, conocido oficialmente como Faro de San Agustín, situado en el concejo de Coaña.

Es uno de esos lugares que me conquistó nada más llegar. Quizá porque, a diferencia de otros faros de esta ruta, aquí no solo llama la atención el enclave, sino también el conjunto formado por el faro y la antigua baliza que permanece a su lado.

El faro actual comenzó a funcionar en la década de 1970 para sustituir a la antigua baliza instalada en 1945, que todavía puede contemplarse junto a él como testigo de la evolución de la señalización marítima en esta parte del litoral asturiano.

Me resultó especialmente fotogénico. Su torre cilíndrica, con sus características bandas horizontales negras y blancas, contrasta con el intenso verde de los prados y el azul del océano, convirtiéndose en uno de esos faros que invitan a sacar la cámara una y otra vez.

Investigando un poco descubrí que esas franjas no tienen una función decorativa. Forman parte de la llamada marca diurna, un sistema que permite a los navegantes identificar cada faro durante el día. Igual que por la noche cada faro emite una característica luminosa diferente, de día su forma y sus colores ayudan a distinguirlo desde el mar, incluso cuando la visibilidad no es perfecta. Me pareció una curiosidad fascinante y, desde entonces, no he vuelto a mirar un faro de la misma manera.

Junto al faro permanece la antigua baliza, mucho más sencilla, recordando que durante décadas también desempeñó un papel fundamental guiando a los barcos que navegaban por este tramo del litoral. Contemplar ambas construcciones compartiendo el mismo cabo es una magnífica forma de entender cómo ha evolucionado la navegación sin perder el vínculo con su historia.

Me senté unos minutos frente al mar.

A esas horas de la tarde la luz volvía a cambiar una vez más. El azul intenso de la mañana había dado paso a tonos más suaves y el horizonte parecía difuminarse poco a poco. Cada día de esta ruta me confirmaba que esta costa nunca ofrece la misma imagen dos veces.

Luarca, la villa blanca de la Costa Verde

Luarca, la villa blanca de la Costa Verde desde el mirador

La última gran parada del día fue Luarca.

Conocida como la Villa Blanca de la Costa Verde, es uno de esos pueblos que invitan a recorrerlos sin mapa. Basta con dejarse llevar por sus calles para terminar, casi sin darte cuenta, frente al puerto o contemplando el mar desde alguno de sus miradores.

Su puerto ha sido durante siglos el corazón de la localidad y todavía conserva ese ambiente pesquero que forma parte de su identidad.

Desde allí subí hasta la Punta Atalaya, donde se encuentran el faro, la ermita y el cementerio de Luarca. El faro, inaugurado en 1862, lleva más de siglo y medio guiando a los barcos que regresan a este puerto pesquero y se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la villa.

Las vistas desde este lugar son, sencillamente, espectaculares. A un lado, el puerto protegido entre los espigones; al otro, las casas blancas escalonándose por la ladera como si quisieran asomarse al mar. Es uno de esos lugares donde resulta imposible resistirse a sacar la cámara… y donde descubres que ninguna fotografía consigue transmitir del todo lo que se siente al contemplarlo en persona.

Pocos visitantes saben que Luarca fue la localidad natal del científico Severo Ochoa, premio Nobel de Medicina en 1959. Un detalle que demuestra que incluso los pueblos más pequeños esconden grandes historias.

Cuando abandoné Luarca aún me quedaban varios kilómetros hasta Santander, pero ya no tenía ninguna prisa. A veces, después de un día como este, el propio viaje de regreso también forma parte de la experiencia.

Mientras el sol comenzaba a caer pensé en todo lo vivido durante la jornada: un baño bajo los arcos de la Playa de las Catedrales, la tranquilidad del Faro de Ortiguera, el encanto marinero de Luarca… y la certeza de que el último día de la ruta todavía guardaba una última historia por descubrir.

Santoña y el Valle de Miera: el broche final de una ruta inolvidable

«Hay viajes que terminan en un lugar. Otros terminan cambiando la forma en la que recuerdas un paisaje.»

Las Marismas de Santoña

Después de regresar a Santander y pasar la noche allí, comenzó el último día de la ruta.

Puntos de recarga

Antes de poner rumbo a Santoña hice una breve parada en la estación de recarga de Zunder situada en el supermercado BM S20. Quería afrontar la última jornada con total tranquilidad, sin pensar en la autonomía y sabiendo que todavía me esperaba una última escapada hasta el valle de Miera.

Con el coche preparado, volví a Santoña. Era la segunda vez que pasaba por esta localidad durante la ruta, pero esta vez el objetivo era muy diferente.

Si el primer día había descubierto el Faro del Caballo desde el mar, ahora quería conocer otro de los grandes tesoros de esta parte de Cantabria: sus marismas.

Declaradas Parque Natural y reconocidas como uno de los humedales más importantes del norte de España, las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel constituyen un refugio imprescindible para miles de aves migratorias que, cada año, encuentran aquí un lugar donde descansar durante sus largos viajes entre Europa y África.

Recorrerlas con un guía cambia por completo la experiencia.

Descubrí la enorme riqueza ecológica de este espacio protegido, aprendí a reconocer algunas de las especies que lo habitan y comprendí hasta qué punto el mar y las mareas han modelado este entorno durante siglos.

Es uno de esos lugares que recuerdan que el turismo también puede ser una forma de conocer y valorar nuestro patrimonio natural.

La tradición conservera de Santoña

Conservera de anchoa y bonito en Santoña

Después llegó el turno de descubrir otro de los grandes símbolos de Santoña.

Visité una conservera para conocer de cerca cómo se elaboran las famosas anchoas y el bonito del norte.

Aunque todos hemos visto alguna vez una lata de anchoas sobre la mesa, observar el proceso artesanal con el que todavía hoy se preparan fue toda una sorpresa. La limpieza del pescado, el trabajo manual de las fileteadoras, el tiempo de maduración y el cuidado con el que se selecciona cada pieza explican por qué las conservas de Santoña gozan de tanto prestigio.

Fue una de esas visitas que te hacen valorar mucho más un producto que, hasta ese momento, dabas por hecho.

icono excursionSi quieres conocer la verdadera Santoña puedes reservar un tour guiado para visitar una fábrica conservera y las Marismas de Santoña, toda una joya natural.

El columpio gigante de Miera

Con el coche todavía cargado gracias a la parada realizada por la mañana, puse rumbo al valle de Miera para despedir la ruta.

La carretera fue dejando atrás el mar para adentrarse poco a poco en un escenario completamente distinto.

Los prados sustituyeron a los acantilados.

Las montañas comenzaron a cerrar el horizonte.

Y el verde, ese verde tan característico de Cantabria, volvió a convertirse en el gran protagonista.

El columpio gigante de Miera era la última parada del viaje.

Había visto muchas fotografías, pero ninguna consigue transmitir la sensación que produce balancearse sobre el valle mientras, al fondo, se adivina el perfil del Cantábrico.

Columpio gigante de Miera al atardecer

Permanecí allí un buen rato.

Sin prisas.

Simplemente observando.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

Poco a poco el sol comenzó a esconderse tras las montañas y una fina niebla empezó a extenderse por el valle.

En cuestión de minutos el valle cambió por completo.

Los colores se volvieron más suaves.

Las montañas comenzaron a difuminarse.

El silencio parecía hacerse aún más profundo.

Era esa niebla tan característica de Cantabria que tantas veces había visto en fotografías y que, en ese momento, envolvía el paisaje con una belleza difícil de describir.

No podría haber imaginado un final mejor para esta ruta.

Mientras contemplaba cómo el valle desaparecía lentamente entre la bruma pensé en todo lo vivido durante aquellos cinco días.

Los faros.

Los acantilados.

Los pueblos marineros.

Las playas.

Los pequeños puertos.

Las historias de los fareros.

Las carreteras junto al mar.

Y comprendí que esta ruta nunca había tratado únicamente de unir unos faros con otros.

Había sido un viaje para descubrir otra forma de recorrer la costa cantábrica.

Una forma de viajar despacio.

De detenerse más veces de las previstas.

De dejar que la luz, el mar y el paisaje marcaran el ritmo del camino.

Pensé también en aquellos fareros que, durante generaciones, mantuvieron encendida esa cadena de luces que había ido siguiendo durante cinco días. Sin saberlo, ellos también habían formado parte de este viaje.

Cuando emprendí el regreso llevaba la tarjeta de memoria llena de fotografías.

Pero, sobre todo, volvía con la sensación de haber descubierto una forma diferente de mirar esta costa.

Porque hay luces que no solo sirven para orientarnos.

También existen para recordarnos que algunos caminos merecen recorrerse sin ninguna prisa.

Logo Peugeot transparenteUna ruta realizada junto a Peugeot y Zunder

Esta aventura forma parte de la colección «0 emisiones, mil emociones», un proyecto con el que recorro España en coche eléctrico para descubrir destinos comprometidos con un turismo más sostenible.

Para esta ruta viajé a bordo de un Peugeot E-3008 100 % eléctrico, utilizando exclusivamente la red de recarga de Zunder.

Si quieres conocer la versión de esta ruta publicada en el blog de Zunder, centrada en la planificación del recorrido y en la experiencia de viajar en coche eléctrico, puedes leerla aquí:

👉 Leer el artículo completo en el blog de Zunder.

Si estás pensando en realizar esta ruta, aquí puedes consultar el mapa de estaciones de recarga de Zunder para planificar tu viaje.

Agradecimientos

Gracias al concesionario oficial Peugeot Autopalas, en Santander, por la cesión del Peugeot E-3008 con el que realicé esta ruta, y a ESCENA Dron por su colaboración en las imágenes aéreas que acompañan este artículo.

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