Esta Ruta cultural por la Sierra de Tramuntana ha sido uno de los recorridos más especiales que he hecho en Mallorca. Recorrí esta espectacular cordillera declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en coche eléctrico, descubriendo sus pueblos con encanto, jardines históricos y espacios donde el arte y la tradición se funden con el paisaje. Una ruta sostenible y con mucho alma, ideal para quienes buscan conocer la cara más auténtica y cultural de la isla, lejos del turismo masivo.
En mi anterior Ruta en coche eléctrico por la Sierra de Tramuntana visité algunos pueblos muy bonitos de casas de piedras, ventanas de madera pintadas de alegres colores y flores en esta ocasión quise conocer algunos lugares con más tranquilidad.
Mi primera parada fue en los encantadores Jardines de Alfabia, en Bunyola, justo en la carretera que une Palma con Sóller. Este lugar es un oasis verde con siglos de historia, que mezcla herencia árabe, arquitectura mallorquina y un entorno natural precioso. Fuentes, palmeras, naranjos, buganvillas… Un paseo por aquí es un regalo para los sentidos. Puedes dejar tu coche en el parking y pasear por este pequeño paraíso.
Jardines de Alfabia: un paseo por la historia entre fuentes y naranjos

Los Jardines de Alfabia, situados en la falda de la Sierra de Tramuntana, muy cerca de Bunyola, son uno de esos lugares que parecen salidos de un cuento. Pese a su belleza, siguen siendo bastante desconocidos para muchos visitantes, lo que hace que el paseo por allí sea aún más especial: tranquilo, sin agobios y con una atmósfera envolvente.
Estos jardines tienen una historia que se remonta nada menos que a la época árabe, cuando ya se aprovechaba el agua de la zona para crear huertos y espacios de descanso. De hecho, el sistema de acequias y canales que recorre el jardín es de origen islámico, y aún hoy sigue funcionando. El agua es la gran protagonista aquí: fluye por canales, cae en cascadas, forma estanques con nenúfares y refresca todo el entorno.
El jardín está dividido en varias zonas, desde áreas más estructuradas con pérgolas cubiertas de buganvillas hasta rincones más salvajes donde las palmeras y los árboles frutales se mezclan con bancos de piedra y fuentes escondidas. Uno de los puntos más bonitos es el paseo de los surtidores, una avenida flanqueada por columnas desde donde brotan chorros de agua en arco cuando te acercas (una delicia en los días de calor).
La casa señorial que preside el conjunto es otra joya: una mezcla de estilos que reflejan las muchas vidas de esta finca, desde elementos góticos a toques barrocos y decoración típicamente mallorquina. Fue residencia de la familia Zaforteza (y lo sigue siendo en parte), y guarda muebles originales, tapices, objetos antiguos y hasta una biblioteca preciosa.
Una anécdota curiosa: la reina Isabel II visitó Alfabia en 1860 durante su gira por Baleares. Se dice que quedó tan encantada con el lugar que pidió que le prepararan una merienda bajo una de las pérgolas. Desde entonces, ese rincón se conoce como “el rincón de la reina”.
Además de todo esto, los Jardines de Alfabia están comprometidos con el cuidado del entorno. La gestión se hace de forma responsable, respetando el equilibrio ecológico del espacio y utilizando técnicas de jardinería tradicionales. Visitar este lugar no solo es un placer, sino también una forma de apoyar la conservación del patrimonio natural y cultural de la isla.
Desde allí continué hasta el pueblo más famoso de la Sierra: Valldemossa, donde visité la mítica Cartuja, antiguo monasterio convertido en joya cultural. Aquí vivieron y escribieron grandes figuras, pero sin duda la más recordada es Frédéric Chopin, cuya historia se revive en la Celda nº4, donde estuvo alojado junto a George Sand. La visita es muy emotiva, sobre todo si te gusta la música y quieres imaginar cómo fue su invierno aquí, entre enfermedad, inspiración y belleza.
La Cartuja de Valldemossa: música, historia y vida monástica entre montañas

Valldemossa es uno de los pueblos más bonitos y visitados de Mallorca, pero su joya más icónica sigue siendo la imponente Cartuja, un antiguo monasterio enclavado en pleno corazón de la Sierra de Tramuntana. Rodeada de montañas y calles empedradas llenas de flores, la Cartuja no es solo un lugar bonito: es un símbolo de la historia cultural y espiritual de la isla.
Este edificio fue originalmente un palacio real, construido en el siglo XIV por el rey Sancho I de Mallorca como residencia de verano para aliviar sus problemas de salud. En el siglo XIV, pasó a manos de los monjes cartujos, que lo convirtieron en un monasterio donde vivieron durante más de 400 años. A día de hoy, aún se conservan muchas de las estancias originales: la iglesia, la farmacia antigua, la biblioteca, el claustro… y una paz que se respira en cada sala.

Pero si hay una figura que ha hecho mundialmente famosa a la Cartuja, esa es Frédéric Chopin. El famoso compositor polaco pasó el invierno de 1838-1839 aquí, junto a la escritora George Sand, huyendo de la sociedad parisina y buscando un clima más benigno. Se alojaron en la celda nº4, que hoy se puede visitar y que está decorada como entonces, con su piano, su escritorio, sus cartas y hasta alguna partitura original.
La experiencia es muy íntima. Puedes pasear por las mismas estancias donde Chopin compuso algunas de sus obras más conocidas, como los Preludios Op. 28, mientras la música suena de fondo. También puedes leer fragmentos del polémico libro que George Sand escribió sobre su estancia en Mallorca: «Un invierno en Mallorca», donde relata las penurias del viaje… aunque no siempre deja en buen lugar a los mallorquines.
Durante el recorrido por la Cartuja de Valldemossa, uno de los momentos más mágicos es la posibilidad de asistir a un breve concierto de piano en directo, que se ofrece varias veces al día dentro del propio recinto. Sentarte en una sala antigua, con buena acústica y un ambiente íntimo, mientras suenan algunas de las obras más conocidas de Chopin, es una experiencia que emociona incluso a quienes no son grandes aficionados a la música clásica.

Este pequeño concierto es un homenaje diario al legado del compositor y ayuda a conectar de una forma muy sensorial con el espíritu del lugar. No es raro ver a los visitantes cerrar los ojos, dejarse llevar por la música y sentir que, por un instante, están viajando en el tiempo.
Además de la celda, no te pierdas el jardín interior con vistas al valle, la farmacia del siglo XVIII (¡con frascos y remedios originales!), o las exposiciones de arte que se renuevan regularmente. La visita es pausada y muy recomendable para quienes buscan empaparse de historia sin prisas.

Y lo mejor es que todo esto se puede hacer en modo slow travel, sin necesidad de grandes desplazamientos. Valldemossa tiene puntos de recarga cercanos, calles peatonales y muchos rincones donde sentarte a tomar algo y simplemente disfrutar del paisaje.
Después, siguiendo la serpenteante carretera hacia Deià, hice una parada en uno de los miradores más espectaculares de la isla: Son Marroig, antigua residencia del archiduque Luis Salvador de Austria. El templete frente a la costa y la vista de Sa Foradada al atardecer son simplemente inolvidables.
Son Marroig: historia, romanticismo y las mejores vistas al mar de la Tramuntana

A medio camino entre Valldemossa y Deià, en plena carretera panorámica de la Serra de Tramuntana, se encuentra uno de los rincones más fotogénicos y especiales de Mallorca: la finca de Son Marroig. Lo que más llama la atención al llegar es su emblemático templete blanco de mármol, colocado estratégicamente en un acantilado con vistas al mar y a la mítica Sa Foradada, una gran roca con un agujero natural que parece esculpida a propósito. En mi visita se levantó un poco de niebla lo que aún le daba un aspecto más romántico.
Pero lo mejor está en la historia que hay detrás. Son Marroig fue propiedad de uno de los personajes más importantes en la defensa del patrimonio natural y cultural de la isla: el Archiduque Luis Salvador de Austria. Este noble, miembro de la familia imperial de los Habsburgo, llegó a Mallorca a finales del siglo XIX y quedó completamente enamorado de la isla. Compró varias fincas en la Tramuntana, entre ellas Son Marroig, y dedicó su vida a estudiar, conservar y dar a conocer las Baleares a través de sus libros, dibujos y mapas.
La casa, de estilo señorial mallorquín, se puede visitar y conserva muchos objetos personales del archiduque, desde muebles originales hasta su biblioteca y documentos de sus investigaciones. Recorrer sus estancias es asomarse a la vida de un auténtico romántico, adelantado a su tiempo, que defendía la sostenibilidad mucho antes de que existiera esa palabra. No cazaba, no talaba árboles y protegía la fauna y flora local.
Una anécdota curiosa es que el Archiduque era tan excéntrico como querido por los lugareños. Se decía que tenía un carácter solitario, pero al mismo tiempo era generoso con la gente del pueblo. Incluso prohibió cortar árboles en sus tierras y construyó caminos para facilitar el acceso entre pueblos de la sierra, muchos de los cuales aún se usan como rutas de senderismo.
Hoy, Son Marroig también acoge eventos culturales y conciertos, y es un lugar muy solicitado para bodas (¡no es de extrañar con esas vistas!). El atardecer desde el templete es de los más bonitos de la isla, así que si puedes cuadrarlo para esa hora, te aseguro que no lo olvidarás.
Deià fue mi siguiente destino. Este pequeño pueblo de artistas sigue manteniendo su esencia tranquila, entre piedra y montaña. Me encantó callejear sin rumbo y disfrutar de sus vistas, sus casas decoradas con flores y esa paz que lo envuelve todo.
Deià: el refugio de artistas entre montañas y mar
Tras dejar atrás Son Marroig, la carretera serpentea entre acantilados y olivares hasta llegar a Deià, uno de los pueblos más pintorescos de Mallorca. Este rincón de la Serra de Tramontana, con sus casas de piedra dorada, tejados rojizos y buganvillas trepando por las fachadas, ha sido durante décadas un imán para artistas, escritores y soñadores.
Aquí vivió y está enterrado el poeta Robert Graves, autor de Yo, Claudio, que se instaló en Deià en 1929 fascinado por su belleza salvaje. Su casa, Ca n’Alluny, hoy es museo, y conserva su máquina de escribir, su biblioteca y hasta una pequeña terraza donde se sentaba a escribir mirando al mar. Desde entonces, el pueblo ha seguido atrayendo a creadores de todo el mundo.
Pero Deià no es solo cultura: es también un lugar para pasear sin prisa, perderse por sus calles empedradas, asomarse a sus miradores, o bajar hasta la Cala de Deià, una cala de roca con aguas cristalinas ideal para un chapuzón o comer pescado fresco frente al mar.
Aunque es pequeño, tiene una energía especial. Cada rincón invita a detenerse, y si vas en temporada baja, aún puedes sentir esa tranquilidad que tanto enamoró a los primeros que llegaron aquí buscando inspiración y paz.
Ya más cerca de Sóller, para cerrar el día, visité el Museo Modernista Can Prunera, una auténtica sorpresa. La casa en sí ya es espectacular, con su mobiliario original y detalles Art Nouveau, pero además alberga obras de artistas como Miró, Picasso o Barceló. Una joyita cultural escondida entre naranjos.
Can Prunera: modernismo en pleno corazón de Sóller

Después de recorrer los caminos de montaña que unen Deià con Sóller, llegas a una localidad vibrante y llena de vida, famosa por sus naranjos, su tranvía antiguo… y también por esconder una joya artística poco conocida: el Museo Modernista Can Prunera.
Situado en la calle más emblemática del pueblo, Carrer de Sa Lluna, este museo ocupa una casa señorial modernista construida a principios del siglo XX por una de las familias acomodadas que emigraron a Francia y volvieron a Mallorca con nuevas ideas estéticas bajo el brazo. El edificio en sí ya merece la visita: sus suelos hidráulicos, vidrieras, molduras y muebles originales son una delicia para quienes disfrutan del arte y la arquitectura de esa época.
En el interior, Can Prunera ofrece un recorrido entre el pasado y el presente. Por un lado, puedes ver cómo era la vida de una familia burguesa mallorquina de principios del siglo pasado, con sus salones, dormitorios y cocina intactos. Y por otro, una colección permanente de arte moderno y contemporáneo, con obras de artistas como Picasso, Miró, Klimt, Toulouse-Lautrec o Warhol, junto a creadores actuales.
Además, Can Prunera acoge exposiciones temporales, actividades culturales y talleres. Es uno de esos lugares que no esperas encontrar en un pueblo de montaña, y que te sorprende por la calidad de su propuesta y por lo bien conservado que está.
La visita se puede hacer en poco más de una hora, y es perfecta para completar una jornada en Sóller antes de pasear por su plaza, montarte en el tranvía histórico que va al puerto, o sentarte a tomar un zumo natural recién exprimido con vistas a la sierra.
Alojamiento y cena en el Bordoy Continental Valldemossa Hotel
El siguiente día, mi ruta me llevó a un alojamiento igualmente impresionante: el Bordoy Continental Valldemossa Hotel. Situado en la Ctra. MA-10 Valldemossa-Deià, este hotel tiene un encanto único. Pasé la noche aquí dos noches disfrutando de su hermosa ubicación en la Serra de Tramuntana, uno de los lugares más icónicos de Mallorca.
La cena en el restaurante del hotel fue una experiencia deliciosa, con una oferta gastronómica que destacaba los sabores autóctonos de la isla. El hotel ofrece un ambiente tranquilo y relajante, lo que lo convierte en el lugar ideal para descansar después de un día lleno de aventuras.
Este hotel tiene punto de recarga de coches eléctricos.
En esta ruta cultural por la Sierra de Tramuntana aún existen más rincones por descubrir, siempre hay excusa para volver a Mallorca.
Este artículo forma parte de la Ruta Mallorca más que sol y playas en coche eléctrico, un proyecto realizado junto a la Agencia de Estrategia Turística de las Islas Baleares

Gracias a Peugeot y al Concesionario oficial de Peugeot en Palma, Isleña de motores por la cesión del vehículo. En esta ocasión un Peugeot e-2008 100 % eléctrico con casi 400 kilómetros de autonomía reales.